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Recibí el mejor regalo del día de las madres

Este pasado Día de las Madres me han obsequiado el mejor regalo que una hija puede recibir de su propia madre… una declaración de amor. Mi madre y yo siempre hemos tenido una relación un poco distante, compleja y silenciosa. Nos cuesta mucho abrirnos y decir lo que sentimos. Tenemos maneras de expresar nuestro amor pero no precisamente hablando. Se puede decir que lo demostramos con detalles, gestos y sin palabras.
Esta carta que me escribió hace un tiempo, que la tenía guardada, finalmente decidió dármela en esta última visita. Gracias mami, estas lágrimas salieron de un corazón lleno de mucho amor <3

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Querida hija,
En estos días en que la tristeza anda por las calles y que un remolino de recuerdos se acumula en mi mente, me atrevo a escribirte para preguntarte el porqué de tu ausencia. Y aunque suene a un bolero de los Panchos, tocaré a tu puerta todos los días si es preciso, desnudaré mi alma, en un intento por recuperar tu amor.
El tiempo corre. Ya estás hecha una mujer, con convicciones, una vida hecha, leyes propias y yo me miro aquí, en esta carrera, feliz por ti, pero con la desazón en el cuerpo y en el alma porque ya no te siento. Tú me soltaste y yo me resisto a adecuarme a tu inmenso silencio, a que no me regañes por alguna imprudencia mía, a enmudecer para no decirte cuatro cosas cuando me provoca. Me niego a no tener tu presencia o tu voz de vez en cuando.
Hurgo en mi buscando algún hecho que pueda haber influido en nuestro alejamiento y es casi una certeza que ha sido mi egocentrismo. ¿Cuánto no daría yo para deshacer de mi espíritu tanta concentración en mi misma? Dediqué mucho tiempo a llevar a cabo mis proyectos. Primero fueron los estudios, luego la carrera, después mi pareja y sin darme cuenta, robé tu tiempo. ¡Cuántos besos dejé de darte! El mundo en el que vivía me absorbió tanto que sin darme cuenta te fui alejando. ¡Cuánto he pensado hoy día en mi desgano por cultivar nuestro vínculo! Creo que la reciprocidad es la esencia. Sin embargo, no sé qué me pasa. Persiste el desgano. No pongo el esmero suficiente para ganarme el afecto de la gente, en retribuir lo que recibo. Debería espantar esa modorra porque tu lo vales hasta el infinito.
Te veo en tu rol de madre y siento gozo y celos a la vez. ¡Qué fusión tienes con tus hijos! Derrite de solo presenciarlo. La ternura de tus manos en sus rostros genera imágenes llenas de silencios. Toda una deuda de amor, caricias y ternura.
Siento urgencia de saber qué pasó con esa complicidad, con ese contacto que nos hizo ser tan felices. ¿En qué momento nos perdimos? No pretendo vivir a través de ti ni mucho menos asfixiarte. Quisiera ser parte de tu vida, de tus proyectos, de tu historia.
En la pesada carga de la soledad y en medio de todo este vacío, recuerdo cómo fue tenerte en mis brazos por primera vez, acariciar tu cara, tu cabello, tus diminutos pies. Esa vivencia la albergaré en mí para siempre. Llegaste a mi existencia en momentos cuando yo apenas despuntaba en los avatares de mi crónica. El amor llega a nuestras vidas inesperadamente y uno no se detiene a pensar en lo trascendente que puede llegar a ser. Sin tener la experiencia, tuve que aprender a ser madre en el camino, a ser responsable, a ser ejemplo cuando el cuerpo pedía simplemente vivir.
El atardecer está frío y llueve en mi. Sin embargo, mantengo viva la esperanza de rescatar lo que un día tuvimos. Estaré aquí después de mil lluvias, después de que los árboles se queden desnudos, de ciertos ocasos, de muchos amaneceres. Mientras escribo, me asalta la duda y me pregunto si será ley de vida nuestra distancia. Ante la duda elijo entonces el silencio para no acarrear sobre tus hombros el peso de mis entuertos y mis culpas.
Tu mami que te ama incomparablemente,
Esperanza
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